Hay personas que llegan a terapia con una pregunta que se repite de distintas maneras:
“¿Por qué siempre me pasa lo mismo?”
A veces cambia la forma, pero no el fondo.
Relaciones que comienzan con ilusión y terminan en distancia.
Vínculos donde aparece el miedo al abandono.
Conflictos que parecen distintos, pero despiertan emociones muy parecidas.
Con frecuencia, lo que se repite no es casual.
A lo largo de nuestra vida vamos aprendiendo formas de vincularnos. Aprendemos cómo pedir afecto, cómo protegernos, cómo reaccionar ante el conflicto, cómo sostener la cercanía o cómo alejarnos cuando algo duele. Muchas de estas formas se construyen muy temprano, en nuestras primeras relaciones significativas.
El problema es que aquello que en algún momento nos ayudó a adaptarnos puede convertirse después en una repetición que genera malestar.
En terapia no buscamos “corregir” esos patrones desde fuera, sino comprenderlos.
Nos preguntamos:
¿De dónde viene esta forma de relacionarme?
¿Qué función tuvo en su momento?
¿Qué emociones la sostienen hoy?
Cuando algo se comprende en profundidad, empieza a transformarse.
El espacio terapéutico permite observar cómo esos mismos patrones aparecen también en la relación con la terapeuta. No como algo que deba evitarse, sino como una oportunidad para mirarlo juntas, ponerle palabras y experimentar otras maneras de estar en el vínculo.
No se trata de cambiar de golpe, ni de eliminar partes de uno mismo.
Se trata de ampliar la conciencia, de ganar libertad para elegir y de poder construir relaciones más acordes con lo que hoy necesitamos.
A veces el primer paso no es dejar de repetir, sino empezar a entender qué estamos repitiendo y por qué.
Y en ese proceso, la relación terapéutica se convierte en un lugar donde ensayar nuevas formas de vincularnos con mayor seguridad y autenticidad.